viernes, 14 de noviembre de 2014

El Estado Islámico llegó para quedarse

Desde el comienzo de la Primavera Árabe, a fines de diciembre de 2010, los israelíes teníamos la sensación de que estábamos en un oasis. Las inmensas movilizaciones que tuvieron lugar en el Oriente Medio barrieron con algunos estados de la región. El mundo árabe entró en un verdadero estado de implosión.
La reciente guerra de Gaza parecía ser el un epifenómeno de un ciclo que se repite cada dos o tres años – aunque cada vez con mayor violencia y destrucción -.

Sin embargo, visto en perspectiva podría pensarse que el secuestro y asesinato de tres adolescentes en la zona de Gush Etzíon en Cisjordania (Judea y Samaria), a manos de militantes de Hamás, en junio pasado, señala la penetración efectiva de la efervescencia militante islámica de la región.
Evidentemente, el ascenso del Estado Islámico ha tenido un impacto en la zona.
Es cierto que hay reclamos específicos y reivindicaciones particulares como la percepción de discriminación – ya sea con justeza o no – que sienten los árabes israelíes y los palestinos, o los disparadores concretos como el asesinato del adolescente del barrio de Shuafat, en Jerusalén Oriental a manos de seis jóvenes judíos o la reciente muerte de Khayr al Din al Hamdan, en Kfar Kana, durante un intento de arresto, por parte de la policía.

Lo que es indiscutible es que el conflicto alrededor del Monte del Templo, les ha permitido a los diferentes grupos palestinos unirse alrededor de un poderoso símbolo cuando en la práctica están completamente fraccionados en numerosos intereses, ideologías y aspiraciones.

Poco después de la Guerra de los Seis Días, en 1967, el entonces ministro de Defensa, Moshé Dayán, tras consultar con los rabinos ultra-ortodoxos determinó el status quo que confería el Kotel Hamaarabi (el Muro Occidental conocido en el mundo gentil como Muro de los Lamentos) para los judíos, y el Monte del Templo o la Explanada de las Mezquitas donde se erigen el Domo de la Roca y la Mezquita de Al Aqsa, para los musulmanes. La intención de Dayán era quitarle al conflicto su componente religioso; y el status quo se volvería con el correr del tiempo en sagrado.

Indudablemente, el primer ministro, Biniamín Netanyahu, por acción u omisión ha permitido que la extrema derecha sionista religiosa le devuelva al conflicto árabe-israelí su factor espiritual por sobre todas las cosas.
Israel debe evitar caer en esa grave trampa. El diálogo fluido con el Reino de Jordania tal vez sea el camino para sortear ese destino peligroso.
Pablo Sklarevich

Fuente: AuroraDigital

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