martes, 2 de septiembre de 2014

¿Iglesias o paraiglesias?


Lo he dicho en el pasado y lo vuelvo a repetir ahora: tenemos demasiados campamentos, demasiadas conferencias, demasiados talleres, demasiados retiros, demasiados eventos especiales. Y no es que estas cosas estén mal; todo lo contrario. Es el abuso el que provoca un efecto contrario al deseado.

Los grupos paraeclesiales, que originalmente surgieron para apoyar a las iglesias locales en proyectos y ministerios que éstas por sí solas difícilmente podían llevar a cabo, han terminado en algunos casos nutriéndose en exceso de los miembros de las iglesias y esquilmando los recursos humanos que legítimamente deberían encontrar su cauce en el ministerio cotidiano de sus congregaciones.

Este  boom  de reuniones especiales de todo tipo está dando lugar a una nueva clase de creyentes: personas que sienten que han de convertirse una y otra vez, consagrarse, reconsagrarse y requeteconsagrarse, salir al frente para responder al llamamiento de turno, sea el que sea. Personas que se habitúan a vivir en una burbuja de excepcionalidad que poco o nada tiene que ver con las dificultades y demandas del testimonio cristiano diario en el mundo real. Estas personas, en lugar de madurar viven en una búsqueda permanente de experiencias, de sensaciones nuevas. Para ellas no existen los valles, sólo las montañas, y acaban convirtiéndose en picaflores.

La situación me recuerda a aquellos jóvenes que se pasan la vida estudiando, haciendo grados, posgrados, cursillos, seminarios, jornadas, simposios, conferencias, pero que a los treinta y tantos años todavía no saben lo que es trabajar en la vida real (y no me refiero al drama de la falta de trabajo en las sociedades modernas).

Algo así ocurre con no pocos cristianos: se pasan la vida de evento en evento, preparándose, buscando (no se sabe muy bien qué), pero son incapaces de afrontar la vida y el ministerio comunitario de su iglesia. Saben lo que ocurre con los cristianos de Abisinia, apadrinan niños en Bangladés, hacen viajes evangelísticos a Pernambuco, son expertos en mil materias, pero no saben lo que le pasa al hermano o a la hermana de 80 años con quienes comparten banco de vez en cuando en la iglesia, a los que están solos, a los enfermos crónicos, a los tristes y deprimidos. Sí, todos estos están a su alrededor, pero ellos no los ven o, peor aún, no los quieren ver; no vaya a ser que la realidad haga estallar la burbuja en la que viven.

Prefieren ver y escuchar al último experto en ministerios juveniles, evangelización, alabanza o lo que sea. Lo que está fuera, incluso lejos, mola. Aquellos que no vemos cada día son estupendos. La alabanza, bárbara. Las enseñanzas, magníficas. Pero luego, ¡ay, luego! Hay que regresar a nuestra iglesia. Menos mal que dentro de tres semanas podremos volver a acudir a un macroencuentro de no sé qué, organizado por no sé quién y que se va a celebrar no sé dónde… ¿verdad?

Y en medio de toda esta inflación de convocatorias y de idas y venidas, la que sale perdiendo es la iglesia local. Así, la congregación se convierte en “lo de siempre”, lo aburrido, lo rutinario. ¿Quién va a querer “aguantar” al hermano Pepe, el predicador, o al pastor de tantos años, cuando puede escuchar a ese otro líder tan conocido y tan “ungido” que en un fin de semana nos va a enseñar cómo ser superhéroes de la fe? ¿Por qué conformarse con el grupito de alabanza y los himnos de cada domingo cuando podemos asistir al concierto de ese pedazo de banda tan famosa que ha grabado tantos discos (y que, dicho sea de paso, cobra una pasta por cada actuación)? ¿Cómo no cambiar el estudio bíblico tan manido de cada semana por un ciclo de conferencias impartido por la flor y nata del nuevo  star system  evangélico?

Lo he dicho en el pasado y lo vuelvo a repetir ahora: cuando en una iglesia cristiana el pastor, los líderes, los jóvenes, etc. pasan casi más tiempo fuera de ella que en ella, es que algo no anda bien. No tendremos cristianos maduros y un movimiento evangélico sólido hasta que no prioricemos y fortalezcamos el ministerio de las iglesias locales. Sin las congregaciones locales, todo el edificio se viene abajo. Sin los pastores anónimos que se dedican a la enseñanza y cuidado de los miembros de su iglesia, no hay futuro posible. Sin los creyentes esforzados que dan testimonio, luchan, ríen y lloran con sus hermanos en la fe en el contexto de sus respectivas congregaciones, todo lo demás huelga.

Debemos recobrar una perspectiva equilibrada entre lo eclesial y lo paraeclesial; incluso, si se me apura, entre lo local y lo denominacional e interdenominacional. Hay muchas razones por las que esto debería ser así, pero la más importante es que la iglesia es el proyecto de Jesús. Y en el marco de la iglesia local es donde los recursos, talentos y dones encuentran su hábitat natural. Bueno es que queramos compartir nuestro ministerio con el conjunto del Cuerpo de Cristo, si el Señor nos llama a ello, o que aunemos fuerzas con otros cristianos para emprender ambiciosos proyectos conjuntos, pero sin perder de vista la importancia capital de la congregación de creyentes de la que formamos parte. Es ahí donde se libran las batallas, donde se sirve de verdad, donde se mantiene encendida la antorcha de la fe, donde aprendemos a ser discípulos y a convivir, donde se ve la diferencia entre los hacedores de la Palabra y los que solamente son oidores, picoteadores.

En suma, edifiquemos desde la base. Levantemos iglesias, no paraiglesias. Reconozcamos pastores, no figuras. Creemos cristianos de verdad, no espectadores. Anhelemos alcanzar la madurez, no un utópico y contraproducente estado de permanente euforia espiritual que al final no conduce a nada, salvo a la insatisfacción y la frustración.

Parece que no me hacen mucho caso, pero yo insistiré…


Rubén Gómez - Pastor, autor y traductor - España

Fuente: Protestante Digital

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¿Qué piensas de esto? Tus comentarios pueden ser anónimos o no, y serán muy agradecidos, por más corto que sean. Sé respetuoso.