domingo, 24 de agosto de 2014

La aldea cristiana que sobrevivió a la pesadilla del califato

Mas testimonios de poder y milagros del Señor.

Cuando los barbudos del Estado Islámico irrumpieron en Baqufa, una aldea cristiana a 25 kilómetros al noreste de Mosul, el octogenario Stivan Mansur se preparó para lo peor. Ciego e impedido, no pudo emprender la huida junto a otros cientos de vecinos. Stivan y su esposa Nayiba se mudaron a la habitación más alejada del exterior y rezaron suplicando un milagro. "Pasamos tres días sin comida ni agua escondidos en el cuarto. Jamás habíamos tenido tanto miedo", relata a EL MUNDO Mansur desde el salón de su modesta casa, a un paso de la iglesia de Mar Gewargis. Hace una semana los 'peshmergas' (tropas kurdas) recuperaron la villa pero el templo y las viviendas cercanas siguen cerradas a cal y canto. Las 600 almas que poblaban el lugar hasta la llegada de las huestes del califato no han vuelto. El frente donde kurdos y yihadistas libran batalla está a menos de un kilómetro.

"Son ladrones y asesinos. En esta calle descargaron hasta 150 balas", dice el octogenario, un taxista retirado que hace veinte años dejó Bagdad y se refugió en uno de los últimos reductos cristianos de la provincia de Nínive, en el norte de Irak. El páramo -que sobrevivió durante siglos a la persecución de mongoles, persas y kurdos- cayó en manos kurdas tras la desbandada del ejército iraquí en junio. Pero a principios de este mes las tropas de la región autónoma del Kurdistán desaparecieron barridas por la ofensiva del Estado Islámico (IS, por sus siglas en inglés).
Los extremistas disfrutaron del botín durante una semana. En el contiguo Talessfek, otro poblado de mayoría cristiana, camparon a sus anchas: ocuparon las viviendas, destrozaron las reliquias que colgaban de sus muros y arrancaron la cruz que lucía la cúpula de la iglesia. En ningún momento, sin embargo, llegaron a percatarse de que dos ancianos permanecían atrincherados en los confines de su hogar. "Ni se enteraron de que estábamos aquí. Escuchamos los disparos pero nunca cruzaron la puerta de la entrada. Hasta que un día llegaron los 'peshmergas' con viandas y agua", narra alegre Mansur. "Si no hubieran liberado el pueblo, habríamos muerto. Se nos acabaron las existencias y no teníamos electricidad", advierte su esposa Nayiba Gorgis.

Las calles que conducen hasta los últimos habitantes de Baqufa están desiertas. El único sobresalto -las gallinas que murieron de sed y hambre- se desperdiga por el pavimento. Aliviado por los ataques aéreos estadounidenses, el ejército kurdo puso fin a la agonía el pasado domingo. "No pudieron defenderse. Les atacamos desde cuatro frentes. Un segundo batallón se internó a pie en su territorio y les sorprendió por la espalda. Tras hora y media de combates recuperamos la zona", detalla a este diario el general Abdulrramán Qaurini mientras da caladas a un cigarro.

Para el baqueteado guerrillero -que presume de las cicatrices que han tallado en su cuerpo cuatro décadas de escaramuzas con las tropas de Sadam Husein-, los yihadistas son el enemigo más bárbaro que ha conocido. "Cuando llegamos a Talessfek, estaba repleto de explosivos. Nunca vi tanto TNT junto. Le dije a un amigo que la cantidad de cargas que colocó el IS en las viviendas y la iglesia supera a las reservas de trigo de todo el Kurdistán", asevera. Y agrega: "Sadam era un dictador pero, comparado con el IS, tenía principios".

El rastro de los yihadistas asoma en la cuneta de la carretera que lleva al frente, a unos metros del último puesto de control kurdo. Junto a un vehículo destripado por la refriega y una bandera del IS, la tierra recién movida sepulta el cadáver de un militante. "Conducía la furgoneta cuando le disparamos. Matamos a otros siete combatientes pero fue el único cuerpo que el IS no pudo recoger", explica Yalal Amin, uno de los oficiales que participó en una operación que, desde entonces, no ha logrado nuevos avances. La frontera continúa plantada a las puertas de Batnaa, la villa aneja. "Esperamos órdenes", arguye Amin escuetamente. Su superior no oculta, en cambio, que la escasez de armamento ha congelado cualquier progreso. "Algunos de los terroristas que asesinamos tenían rasgos europeos. No queremos soldados extranjeros en nuestro territorio pero los países occidentales deberían enviarnos armas. Es mejor extirpar el cáncer antes de que se extienda. Si no lo hacéis, no podréis dormir tranquilos", avisa Qaurini.

Fuente: EMundo

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