lunes, 4 de agosto de 2014

Estado Islámico: De vuelta al año 632 d.C.



Volvimos al año 632 d.C.
Al primer califato le tomó dos años eliminiar a todos los musulmanes lite, luego fueron por los cristianos y finalmente por los judios.


 Las actitudes filosóficas y ataques terroristas de grupos como el Estado Islámico y Boko Haram, entre otros, reflejan una corriente de pensamiento musulmana en la que se ve indispensable el imperio de la religión islámica en sociedad, el Estado, y un retorno al pasado.

Pero no a cualquier pasado, sino en cierta forma a uno de hace más de 1,300 años, cuando el primer califato pasaba su época de oro y el poderío del Islam arrasaba con todo a su paso.
Es “una batalla por la proclamación del Dios único contra los descreídos y de la fe contra el politeísmo”, escribió Abu Bakr-Naji, uno de los modernos teóricos del fundamentalismo islámico.

La idea de revivir el califato musulmán es tal vez la “punta del iceberg” en cuanto a las intenciones de grupos musulmanes fundamentalistas, que encabezados frecuentemente por nacionalistas religiosos fanáticos, esperan recuperar el “respeto” que creen haber perdido.

De hecho, ideólogos como Bakr-Naji consideran que el Islam necesita de una campaña de largo plazo para destruir el poder de los imperialistas y limpiar la sociedad islámica, no sólo de la influencia externa sino de aquellos grupos o personas musulmanes corrompidos por sus ideas.

“Los nacionalistas, los baa-thistas (movimientos políticos nacionalistas en Irak y Siria) y los demócratas han afligido a la comunidad islámica al corromper la religión y por la espantosa destrucción de almas”, escribió Bakr-Naji, para quien personajes tan disímbolos como el iraquí Saddam Hussein, el sirio Hafez el Assad, el egipcio Hosni Mubarak y el rey saudita Fahd Bin Abdul-Aziz, entre otros, han hecho más por la destrucción de almas “que todos los muertos en las guerras yihadistas en cien años”.

En ese sentido, la recuperación puede incluir la violencia  de ser necesario, no sólo contra los que no creen en Alá o el Islam, sino especialmente contra los gobiernos de países que se dicen islámicos, pero no adoptan específicamente la Sharia, la ley musulmana, tal como la describió Mahoma en el  Corán, el libro sagrado de esa religión.
De acuerdo con algunos de los más recientes promotores del nuevo conservadurismo islámico, el que los musulmanes no estén dispuestos a luchar por su religión y su forma de vida implica que han olvidado lo que significa ser musulmanes y cómo luchar contra los infieles. “Palabras y predicación no serán suficientes, porque sólo la fuerza y la violencia pueden destruir ‘ídolos’”, consignó Austin Cline, un promotor del ateísmo que se presenta como experto en religiones.

El historiador estadunidense William Polk, de la Universidad de Chicago, considera que esa visión tiene su origen en filósofos musulmanes que ya en el Siglo VIII se oponían a las innovaciones y a un moderno seguidor ejecutado hace medio siglo.


Para el egipcio Sayyid Qutub, nacido en 1906 y ejecutado por sedición en Egipto en 1966, las sociedades occidentales y las musulmanas que adoptan sus vías son decadentes, ignorantes de Dios y por tanto retrógradas.

Qutub es considerado ahora como uno de los ideólogos, quizá el principal de ellos, de la Hermandad Musulmana, un movimiento sociopolítico y religioso creado en Egipto en 1928 que tuvo un fuerte impacto en el pensamiento fundamentalista islámico y todavía hoy resuena en el mundo árabe.
“Aunque apenas conocido en Estados Unidos, Sayyid Qutub es el hombre que puede ser considerado como el abuelo ideológico de Osama bin Laden y los otros extremistas que lo rodeaban”, afirma Cline.
En su libro A la sombra del Corán, Qutub hace una serie de meditaciones sobre las implicaciones políticas del libro sagrado del Islam y pese a que su pensamiento es considerado como esencial para los extremistas árabes, contiene por ejemplo un grado considerable de respeto hacia los no musulmanes que vivan en países islámicos.

Pero al mismo tiempo detestaba a Estados Unidos y lo que veía como el materialismo y la sensualidad de su sociedad.

En la interpretación de Polk, Qutub consideraba que las sociedades musulmanas debían encontrar su camino hacia la fortaleza y la dignidad, pero que eso sólo podría ocurrir en un retorno a sus orígenes y sus fórmulas originales.

El propio Qutub escribió que “una sociedad cuya legislación no descansa sobre la ley divina (Shariat Allah) no es musulmana, no importa cuán ardientemente sus individuos se proclamen musulmanes y aún si rezan, ayunan y hacen la peregrinación (Hajj)”.

Pero se trata del regreso a un mito y quizás una contradicción: la “época de oro” de los cuatro “califas correctamente guiados” que gobernaron a la muerte de Mahoma; fue un periodo breve, del 632 al 661 dC y uno en el que la sociedad musulmana no sólo estaba en plena expansión imperial, sino en el umbral de convertirse en la más progresista de su época.

“La Edad de Oro Islámica comenzó con el surgimiento del Islam y el establecimiento del primer estado islámico en el año 622. El fin del mundo se da de diversas maneras, como en 1258 con el saqueo mongol de Bagdad o en 1492 con la finalización de la reconquista cristiana del emirato de Granada en Al-Andalus (Andalucía), en la península Ibérica”, señala una enciclopedia.

En esa era de la hegemonía islámica, sin embargo, las ciudades de Bagdad, El Cairo y Córdoba se convirtieron en importantes centros de conocimiento y avance en todos los órdenes.
Para los filósofos fundamentalistas del actual islamismo, sin embargo, eso bordearía más bien en la apostasía.
El propio Qutub desarrolló un concepto, el de “jahiliyya”, que de acuerdo con al menos una descripción es prácticamente una forma de barbarismo porque “toma la forma de reclamar el derecho de crear valores, de legislar normas de comportamiento colectivo, y para elegir cualquier forma de vida que me apetezca, sin tener en cuenta lo que Dios ha prescrito”.

En ese marco, el que probablemente sea el principal valor religioso es lo que se describe como “la soberanía de Dios”, un concepto que podría ser compartido literalmente por todos los extremistas religiosos conservadores y según el cual Dios creó todo y por tanto tiene derechos absolutos a todo.
Así, según esa interpretación del mundo, la sociedad secular viola la soberanía mediante la creación de nuevas normas que anulan la voluntad de Dios. Y según Qutub, cualquier sociedad no musulmana califica como “jahiliyya”, prácticamente ignorante si no barbárica, porque son sus leyes, no Dios, las que rigen. Más concretamente, para Qutub debe construirse primero una sociedad musulmana y a partir de ahí un Estado.
Al mismo tiempo, es ese concepto el que se considera como clave para la condena de Qutub a las sociedades contemporáneas a comenzar por los gobiernos de los actuales países islámicos. Y al hacerlo, creen algunos autores, planteó las semillas del actual activismo político, que no desdeña el terrorismo y la sedición para enfrentar a los infieles o castigar a los apóstatas.

De acuerdo con Cline, en el portal Ateísmo, la “jahiliyya” es la justificación islámica para la revolución, que sin embargo para Qutub implicaba la yihad, un proceso que puede ser, pero no tiene que ser violento: para él, la yihad significaba todo el proceso de la primera madurez espiritual de los individuos y, más tarde, la batalla contra un régimen represivo.

“¿Cómo debe comenzar la resurrección islámica? Una vanguardia debe resolverse a ponerla en marcha en medio de la jahiliyya que ahora reina sobre toda la Tierra. Esa vanguardia debe ser capaz de decidir cuándo retirarse de y cuándo buscar el contacto con la jahiliyya que la rodea”, citó Cline a Qutub.
Esa idea resuena también con la idea de “salafismo”, cuyos seguidores consideran que las sociedades son corruptas y deben retornar al islamismo original, y paralelamente al fundamentalismo islámico, que tiene pretensiones de universalidad.

El respeto, o indiferencia si se quiere de Qutub hacia los no islámicos está ausente de los nuevos intérpretes radicales del islamismo, para quienes la única forma de gobierno posible es aquella que implique la implantación de la Sharia. Los no creyentes o los apóstatas son castigados con la muerte o la proscripción.
Así, un grupo derivado de los Hermanos Musulmanes, que llegó a gobernar Egipto a través del presidente Mohamed Mursi, electo en mayo-junio de 2012 y derrocado el 3 de julio de 2013 acusado de tratar de implantar un estado islámico, fueron responsables por el asesinato de Anwar el Sadat en 1981, después de llegar a un acuerdo de paz con Israel.

Para sus asesinos, y su ideólogo, Mohamed Abd al-Salam Faraj, un seguidor de Qutb, la yihad era –y es– una “obligación descuidada” por los musulmanes. Egipto en general, y Sadat en particular, vivían –y han vuelto a vivir– en jahiliyya.

Fuente: Excelsior

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