sábado, 9 de agosto de 2014

El momento de gloria del califa Ibrahim



Por Daniel Pipes

Tras una ausencia de 90 años, la vuelta a la vida de la ancestral institución del Califato fue proclamada el primer día del Ramadán del año 1435 de la Hégira, equivalente al 29 de junio de 2014. Esta sorprendente resurrección culmina simbólicamente la oleada islamista que comenzó hace cuarenta años. Una analogía occidental podría ser que se declarara la restauración del imperio de los Habsburgo, que remontaba su legitimidad a la antigua Roma.

¿De dónde procede esta audaz iniciativa? ¿Puede perdurar el Califato? ¿Qué impacto tendrá?
Comencemos por un rápido repaso del Califato (del árabe jilafa, "sucesión"): según la historia canónica musulmana, éste comenzó en el año 632 de la era cristiana, a la muerte del profeta musulmán Mahoma, y se desarrolló de forma espontánea, atendiendo a la necesidad de un líder temporal por parte de la naciente comunidad islámica. El califa se convirtió en el heredero no profético de Mahoma. Tras los cuatro primeros califas el cargo se volvió dinástico.
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Desde el inicio, los fieles se mostraron en desacuerdo acerca de si el califa debía ser el musulmán más pío y capacitado, o el pariente más próximo de Mahoma; la división resultante dio origen a las ramas suní y chií del islam, respectivamente, causando el profundo cisma que aún perdura.
Un único Califato gobernó todos los territorios islámicos hasta el año 750, cuando dos procesos se combinaron para reducir su poder. En primer lugar, las provincias más remotas comenzaron a segregarse; algunas de ellas –como España– crearon, incluso, califatos rivales. En segundo lugar, la propia institución cayó en la decadencia y se adueñaron de ella soldados esclavos y conquistadores tribales, con lo que la línea original de califas gobernó realmente sólo hasta el año 940, aproximadamente. Posteriormente, otras dinastías adoptaron el título para reforzar su poder político.
La institución sobrevivió en una versión debilitada durante un milenio hasta que, en un dramático acto de repudio, el fundador de la Turquía moderna, Kemal Atatürk, acabó con sus últimos vestigios en 1924. Pese a varios intentos posteriores de resucitarla, la institución siguió muerta, símbolo de la desorganización los países de mayoría musulmana, y un objetivo anhelado por los islamistas.

Y así siguieron las cosas durante noventa años, hasta que el grupo conocido como Estado Islámico de Irak y el Levante (EIIL), hizo pública una declaración en cinco idiomas [versión en inglés: This is the Promise of Allah ("Ésta es la promesa de Alá")] en la que se proclamaba la fundación de un nuevo Califato bajo el califa Ibrahim. El califa Ibrahim (alias Dr. Ibrahim Awad Ibrahim), de unos cuarenta años y originario de Samarra (Irak), combatió en Afganistán y, posteriormente, en Irak. Ahora afirma ser el líder de "los musulmanes de todas partes" y exige que le juren fidelidad. Todos los demás Gobiernos islámicos han perdido legitimidad, asegura. Además, los musulmanes deben expulsar "la democracia, el laicismo, el nacionalismo y todo el resto de basura e ideas occidentales".

Revivir el Califato universal supone, según anuncia The Promise of Allah, que "el largo sueño en la oscuridad del abandono" ha terminado. "El sol de la yihad se ha alzado. Brillan las buenas nuevas del bien. El triunfo se vislumbra en el horizonte". Los infieles están aterrados, con razón, pues con "Oriente y Occidente" sometiéndose, los musulmanes "dominarán el mundo".

Unas frases muy grandilocuentes, está claro, pero también son unas que no tienen posibilidad alguna de triunfar. El EIIL ha gozado del apoyo de países como Turquía o Qatar… pero para combatir en Siria, no para establecer una hegemonía global. Potencias cercanas –los kurdos, Irán, Arabia Saudí, Israel y podría ser que incluso Turquía– consideran que el Estado Islámico es un completo enemigo, al igual que casi todos los movimientos islamistas rivales, incluida Al Qaeda (las únicas excepciones son: Boko Haram, algunos gazatíes aislados, y una nueva organización paquistaní). El Califato ya afronta dificultades para gobernar los territorios, del tamaño de Gran Bretaña, que ha conquistado; dificultades que aumentarán cuando sus poblaciones sometidas experimenten la absoluta miseria del dominio islamista. (Su supuesta toma de la presa de Mosul el pasado 3 de agosto augura crímenes atroces, incluidos la negativa a suministrar agua y electricidad, o incluso provocar inundaciones catastróficas).
Predigo que el Estado Islámico, enfrentado a la hostilidad de sus vecinos y de las poblaciones sometidas, no durará mucho.

No obstante, dejará un legado. No importa cuán desastroso sea el destino del califa Ibrahim y su siniestra cohorte: han logrado resucitar una institución fundamental del islam, haciendo que el califato vuelva a ser una vibrante realidad. Los islamistas de todo el mundo atesorarán este momento de gloria salvaje y se inspirarán en él.
Para los no musulmanes, este acontecimiento tiene implicaciones complejas y de doble signo. En la parte negativa, los islamistas violentos se verán más animados a lograr sus terribles objetivos, dejando tras de sí un rastro de matanzas. Del lado positivo, el fanatismo brutal del Califato tendrá el saludable efecto de despertar a muchos de quienes aún duermen, ajenos a los horrores de la agenda islamista.

Fuente: LibertadDigital

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