lunes, 14 de julio de 2014

29.6.14 Restauración del Califato Islámico instaurado en 632 d.C.


El primer día de Ramadán del 1435 de la hégira -esto es, el 29 de junio de 2014- el Estado Islámico de Irak y Siria voceó a los cuatro vientos la restauración del califato, una institución nacida en el 632 d.C. y borrada del mapa hace ocho decenios. «Musulmanes de todo el mundo, levantad vuestra cabeza. Desde hoy tenéis un estado y un califa, que os devolverán vuestra dignidad, poder, derechos y guía», proclamó Abu Bakr al Bagdadi, el líder del rebautizado Estado Islámico (IS, por sus siglas en inglés) y el inquilino de un cargo abolido el 3 de marzo de 1924 por la Gran Asamblea Nacional de la entonces lozana República de Turquía.

La resurrección de la máxima autoridad espiritual y política del islam -capaz de aglutinar a la umma (comunidad musulmana) bajo su yugo- ha germinado en el último mes, desde la captura de Mosul, la segunda ciudad de Irak. En cuestión de semanas, el IS ha amasado una fortuna y consolidado el proyecto que empezó a pergeñar en mitad del avispero sirio y que convirtió a la ciudad de Raqqa -capital del califato abasí durante algo más de una década- en el cuartel de ejecuciones sumarias, amputaciones y torturas dictadas por la interpretación fundamentalista de la sharia (ley islámica).

Su territorio se extiende ya desde la provincia siria de Alepo hasta la ciudad iraquí de Diyala. Un disciplinado pero minúsculo ejército, con alrededor de 15.000 hombres, se ha desplegado como un virus por las cuencas del Éufrates y el Tigris. Importantes plazas de los dos grandes ríos mesopotámicos, cunas de civilización, han caído en manos yihadistas.

Las joyas del Estado

 

En el curso del Éufrates, el IS controla el estratégico enclave sirio de Yarablus, próximo a la frontera turca; Maskana; Raqqa, su laboratorio del terror; los pasos fronterizos de Abu Kamal, en Siria, y Al Qaim, en Irak; la provincia iraquí de Anbar, donde surgió la ofensiva insurgente a principios de año, y sus ciudades clave de Ramadi y Faluya, a tan sólo 50 kilómetros al oeste de Bagdad. A lo largo del Tigris, las embestidas de las últimas semanas han arrebatado a las cabizbajas tropas iraquíes las plazas de Tal Afar, Mosul, Hawiya, Tikrit y han plantado la discordia en la refinería de Biyi, la principal instalación petrolífera del país y a las puertas de Samarra, uno de los santuarios sagrados del chiísmo.

«Pronto, con permiso de Alá, llegará el día en que el musulmán camine por cualquier lugar como maestro, con honor, la cabeza alta y la dignidad recobrada. Quien se atreva a ofenderle será castigado. La mano que se extienda para hacerle daño será cortada», lanza Al Bagdadi, apodado el califa Ibrahim, emir de los creyentes en el Estado Islámico, en el primer número de la revista en inglés de la organización. Los musulmanes, advierte, son propietarios desde fines de junio de un «atronador mensaje»: «Una declaración que obligará al mundo a escuchar y entender el significado del terrorismo. Las botas pisotearán el ídolo del nacionalismo, destruirán el ídolo de la democracia y desvelarán su naturaleza desviada».
Las conquistas militares y las arengas de su cabecilla, que se presentó en sociedad hace una semana en una mezquita de Mosul, han diluido las lindes de Siria e Irak y trastocado el acuerdo Sykes-Picot que trazó, a base de escuadra y cartabón y grandes dosis de intereses coloniales, la cartografía de Oriente Medio mientras agonizaban siglos de califato. «El IS puede haber aproximado a la realidad unas nuevas fronteras pero no ha borrado el mapa post colonial. El cambio requiere el reconocimiento internacional y no van a recibir ese tipo de legitimidad», explica a Crónica Ramzy Mardini, experto en Irak del think tank estadounidense Atlantic Council. «Sin embargo, el IS sí ha alejado a los kurdos de Irak y ha dado lugar a una mayor fragmentación del país a través de las líneas sectarias. Aunque es poco probable que pueda imponer sus nuevas fronteras, los efectos de su presencia pueden llevar a otros actores a redibujar el mapa», agrega.

Los yihadistas, que se han coaligado con ex generales del régimen de Sadam Husein para desbaratar el predominio chií que dejó en la política iraquí la invasión estadounidense en 2003, avivan la eterna guerra regional entre suníes y chiíes. Precisamente la gran sedición del islam o fitna arranca con la elección del cuarto califa, Ali Ibn Ali Tálib. Los futuros chiíes abogaron por la sucesión dinástica frente a la defensa suní de la fórmula tribal del primus inter pares (primero entre iguales). «Es presumible que la lucha entre suníes y chiíes a nivel regional se produzca a través de actores no estatales en lugar de entre estados. Para que el IS siga vivo, necesita de un entorno altamente sectario en el que pueda insuflar miedo a los chiíes. Es una especie de simbiosis. El IS alimenta el sectarismo y el sectarismo alimenta al IS», apunta Mardini.

El ambicioso plan quinquenal de Al Bagdadi -ansioso de expandir en tiempo récord sus tentáculos desde el Magreb, a las puertas de España y la leyenda de Al Andalus, hasta la India- requiere de nuevos adláteres en el mundo árabe y en las comunidades musulmanes de Occidente. «El anuncio del califato busca mejorar su legitimidad dentro del movimiento yihadista global y lograr una nueva afluencia de lealtades. El mensaje de Al Bagdadi resuena en una comunidad pequeña pero peligrosa de militantes extranjeros y donantes», detalla el analista. Pero su voracidad en nombre de Alá también puede llevarle a escribir el principio de su fin. «El IS cree que ha alcanzado el califato pero, incluso si es así, está rodeado de países enemigos que pueden no estar de acuerdo en muchas cuestiones pero sí comparten la amenaza que el IS representa para la región. El Estado Islámico está creando más rivales que aliados y tarde o temprano la marea se volverá en su contra».

Fuente: ElMundo

Profeta Mahoma dijo: "Cuando empieza el mes de Ramadán se abren las puertas del Cielo se abren y las puertas del Infierno se cierran y los demonios son encadenados".

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