sábado, 15 de septiembre de 2012

Presentes en la creación

"Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera. Y fue la tarde y la mañana el día sexto." Génesis, 1,31.


El secretario de Estado de Truman, Dean Acheson, escribió sus memorias bajo el título "Presente en la creación". No se refería al acontecimiento cuyo 5773 aniversario celebran ahora los judíos, sino al empeño del "capitán con gran corazón" - como llamaba al presidente americano en la dedicatoria - de organizar Occidente.

Terminada la II Guerra Mundial los Estados Unidos idearon un mecanismo estabilizador de la castigada Europa con dos pilares: el defensivo y el económico. Del primero nació la Alianza atlántica, destinada a proteger del comunismo. Del segundo, la otra cara de la misma moneda, surgió el plan Marshall cuya fecundidad engendró organizaciones internacionales como la OCDE o la UE. Era la doctrina Truman. Decía así: "Creo que debe ser la política de los Estados Unidos apoyar a las sociedades libres que se resisten a ser sometidas por minorías armadas o presiones exteriores".

Había que ganar la Guerra Fría. El totalitarismo nazi había sido sustituido por el soviético como amenaza para la libertad. Esto era patente desde el famoso telegrama largo del diplomático George Kennan, entonces destinado en Moscú, que propuso la política luego universalmente conocida como "contención". Durante el tramo final de este conflicto, que había cambiado de nombre para pasar a identificarse como "détente", el escritor francés Revel todavía podía preguntarse si la democracia no había sido más que un paréntesis en la historia de la humanidad, temiendo que de la finlandización - proceso por el cual se fingía el acuerdo parcial con el enemigo para evitar la aniquilación - se pasara al dominio comunista de Europa.

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La caída del Muro de Berlín

El objetivo fue lográndose. A pesar de enfrentamientos abiertos como en Corea o Vietnam y las demás crisis de la segunda mitad del siglo - coincidente con la aparición de Israel como nación entre las demás naciones - el sistema internacional alumbrado fue más justo y habitable que el del atroz medio siglo precedente. Europa, al liberalizar sus intercambios y suprimir los derechos de aduana entre los miembros de la comunidad europea, prosperó económicamente. Garantizó su seguridad alineándose con los Estados Unidos frente al peligro rojo. Lo que el editor de la revista Time, Henry Luce había llamado "el siglo americano" culminaba con la Pax Americana.

Y llegaría la victoria. La caída del Muro de Berlín en 1989 y la posterior desmembración de la URSS el día de Navidad de 1991 demostraron el acierto de la reacción iniciada por Truman, con Acheson presente en su creación, y continuada por las naciones europeas en coalición con presidentes americanos de ambos partidos y distintos caracteres: Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan.

Occidente mostraba un modelo de crecimiento y paz opuesto al económicamente catastrófico, políticamente imperialista y humanamente criminal propio del comunismo. El totalitarismo quedaba desechado como ambición global aunque persistiera tristemente en países de habla española como Cuba o lugares remotos como Corea del Norte. El politólogo Fukuyama podía fraguar la feliz expresión del "fin de la historia". El ideal democrático liberal era, en adelante, el único válido para amparar las legítimas aspiraciones humanas.

Los judíos - e Israel - se beneficiaron también de ello. No es que las cosas hubieran sido fáciles para el estado judío, pero había prevalecido. Comenzó su existencia internacional con una guerra, a la que seguirían puntualmente otras, en las que a veces sus aliados tradicionales lo abandonaban en los peores momentos. La Francia del general De Gaulle, cuando acechaba la Guerra de los Seis Días, revocó su venta de armas. No flaqueaba en cambio el respaldo americano. En el siguiente conflicto, el de Yom Kippur de 1973, Nixon apremió a su secretario de Estado, el judío Kissinger, a que se apresurara en hacer llegar el armamento requerido por el gobierno de Golda Meir.

Pero no solo pervivía Israel; el pueblo del Libro progresaba de manera inimaginable en la tierra de la libertad. Si aún en los años previos a la Gran Guerra, y mucho después, los hebreos sufrían restricciones en el acceso a hoteles, viviendas, clubs o estudios en los Estados Unidos, incluso con cuotas no expresas pero bien reales en las universidades, su presencia, el respeto que suscitaban y su influencia, aumentaron fabulosamente. Si los inmigrantes de centro-Europa pudieron ilusionar a quienes quedaron atrás con la "goldene medina" que los esperaba al otro lado del Atlántico, la decepción de que las aceras no estuvieran pavimentadas de oro se compensaba con el goce de la libertad, ámbito inusual en el que se movieron con excelencia.

Lo hicieron los identificados como el "regalo" de Hitler a América. Por un lado, los célebres científicos que apoyaron el esfuerzo bélico americano - incluido el Manhattan Project que hizo ganar la carrera nuclear emprendida por Alemania a Estados Unidos -, la filósofa Hanah Arendt, la familia Kissinger, cuyo notorio descendiente llegaría a tanto a pesar de su marcado acento alemán, o el economista austriaco Mises. Pero también mejoraban los muchos anónimos que se integraron en la vida americana. Especialmente en los ambientes intelectual, universitario o del espectáculo pero en todas las actividades de la nación americana. El escritor Saul Bellow podía publicar en los setenta un libro con el significativo título de "Jerusalén, ida y vuelta". Contaba su visita a Israel y al mismo tiempo su satisfacción de poder regresar a su casa, los Estados Unidos. Los judíos ya no habían de luchar entre asimilación e integración pues esta, allá en la brillante y encumbrada ciudad evangélica que incesantemente citaba Reagan, no requería aquella.

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Los trotskys hacen las revoluciones

Si Francia, por el ideal revolucionario de la igualdad de derechos, fue un momento un modelo para los judíos - notoriamente los maskilim de la Haskala o Ilustración- se quebró con el asunto Dreyfus. Tampoco sirvió el comunista, impulsado por muchos judíos como Trotsky, Rosa Luxemburgo o el mismo Marx, aunque estos últimos rechazasen su ascendencia y el primero alegase ser un bolchevique antes que un judío. A lo que el rabino de Moscú le contestó: los trotskys hacen las revoluciones, pero los bronsteins - Lev Bronstein había cambiado su apelativo por el nom de guerre León Trotsky - pagan sus facturas. Y no es necesario recordar cómo la integración en el mundo germánico que un día pareció perfecta, incluyendo el imperio austro-húngaro, iba a dejar de serlo del modo más trágico.

Así que esa ordenación de Occidente que había presenciado Acheson y protagonizado Truman, dio como fruto, milagrosamente y por la cuidada intervención humana, un mundo habitable, sin pogroms ni persecuciones, con el ejemplo de acogida americano emulado por sus aliados y con el afán secular a la tierra prometida por fin consagrado.

Pero la caída del Imperio soviético llevaba en sí el germen de los peligros por venir. En el año setenta y nueve la URSS consideró apropiado extender sus fronteras hacia el Este aprovechando un conflicto en Afganistán. Diez años después lo abandonaba humillada, en parte por quienes aspiraban legítimamente a desembarazarse del control exterior, pero una corriente radical del Islam buscó apropiarse la victoria. Años más tarde, Bin Laden, líder de aquella facción, justificó su ataque a los americanos hablando del tigre de papel - por la sociedad corrompida y floja que estos representaban en comparación con los rusos - por considerarlos unos cruzados más fáciles de vencer. A los ojos de los fanáticos, haber acabado con los rusos demostraba que la derrota de la mimada América - epítome de Occidente - estaba al caer.

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El tigre de papel respondió

Animado por esta idea y tras años en que la otra frontera de influencia de la URSS, la occidental, padecía la guerra yugoslava con su horrible cuota de sufrimiento para los musulmanes, Bin Laden creyó posible la creación de un califato. El objetivo esencial era derrocar los regímenes que se entendían con Occidente en las tierras sagradas del Islam. Donde se produjo la Hégira mahometana - hoy bajo soberanía Saudita - o donde residía en origen el califato - el actual Irak-. Sin embargo, el 11 de septiembre de 2001, comenzó por la débil América.

En contra de lo esperado por Bin Laden, el tigre de papel respondió. Atacó Afganistán, que lo cobijaba, y procuró limpiar, en expresión del Presidente Bush, los pantanos de opresión en que se maceraban las frustraciones islámicas, caldos de cultivo de la violencia, como el Irak de Sadam Husein, fuente constante de conflicto en la zona.

Es decir, la vertiente de seguridad de la Guerra Fría aguantó. La propia OTAN apeló por primera vez en su historia a la cláusula de solidaridad del artículo 5.

Lo que empezó a dañarse fue la prosperidad. Existía la ficción maligna, expresión de Vargas Llosa, de pensar que "Estados benefactores ejemplarmente generosos" podían seguir gastando más de lo que tenían acudiendo al endeudamiento externo. Occidente sufrió una primera crisis tras los atentados. Otra peor siguió. Desdeñó revisar el coste del estado del bienestar, manteniendo el peso público en la economía en niveles superiores al 45% de los PIB nacionales y practicando políticas monetarias favorecedoras del crédito. Tal expansión encontró su previsible fin en octubre de 2008 cuando quebraron unos bancos de negocios americanos inmediatamente rescatados por el poder público. Una reacción similar preventiva se replicó en Europa.

Países ya empeñados se vieron obligados a destinar más dinero común a salvar bancos. Por una fiebre keynesiana inmune a las lecciones de la estanflación de los 70, cuando Israel fue involuntario protagonista al servir de excusa para que la OPEP incrementara el precio del petróleo, los estados sustituyeron a los prestamistas mediante estímulos a la economía.

Con crecimiento menguante desde los años cincuenta, mayor desempleo y gruesos estados, gastar más solo podía hacerse recurriendo a una deuda ya elevada. La dependencia de las naciones europeas más débiles, pero de todas en general, de inversión extranjera para financiar su ascendiente endeudamiento - aproximadamente la mitad de sus costes anuales - los precipitó a la crisis.

También en Estados Unidos. La elevación, en el verano de 2011, del límite de empréstitos se hizo a cambio de acordar ambos partidos recortes indiscriminados, incluidos en Defensa. El modelo occidental hacía agua a través de la grieta económica. Ni la prosperidad ni la seguridad, que hacía tiempo era secundaria en Europa, estaban ya garantizadas. 

Truman conocía el significado de ambas. Sirvió a su país en la I Guerra Mundial y sólo recreó el mundo después de regresar y abrir para subsistir una camisería con un amigo judío. Esa amistad resultaría relevante para que en 1948 los Estados Unidos tardaran once minutos en reconocer el estado de Israel... en contra del criterio de Acheson y Marshall. También hubo un hebreo presente en aquella creación.

Frente a los herederos de los totalitarismos del pasado siglo, aunque parezcan menos amenazantes, habrá que recrear el orden liberal que derrotó a sus predecesores, porque era bueno en gran manera. No se hará prescindiendo de los judíos o Israel. Deben estar presentes en la creación. Está escrito.

Fuente: Aurora

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