sábado, 18 de agosto de 2012

CRISTO Y LA TEOLOGÍA DE LA PROSPERIDAD


Editorial tomado del diario Tiempo de Honduras
 
Ninguna ciudad del país ha sido tan invadida por tantas corrientes llamadas “cristianas” como San Pedro Sula. Hay quienes aseguran que no es fortuito el establecimiento de las llamadas megaiglesias precisamente en la zona económicamente más pujante del país, pues todo ha sido estratégicamente calculado por aquellos que ven en la religiosidad de este pueblo una manera de enriquecimiento personal y corporativo.
Una de estas corrientes denigrantes del verdadero cristianismo es la que predica a sus fieles que la mayor bendición que una persona puede recibir es la prosperidad  material y que por tanto, cuanto más rico eres en propiedades, dineros, casas etc. mas debes estar seguro que eres un “bendecido de Dios”.
Para comenzar, contrario a la forma como la pregonan, la teología de la prosperidad no es cristiana, más bien es veterotestamentaria (o sea, del Antiguo Testamento) pues la mayoría de la Palabra que la sostiene es tomada de esa primera parte de la biblia. Entre los versículos con que esgrimen los propulsores de esta teología está este del libro del Deuteronomio 8,18 “Antes acuérdate de Yahvé tu Dios, porque él te da el poder para hacer las riquezas, a fin de confirmar su pacto que juró a tus padres …” o bien este del libro de los Proverbios 22,4  “Riquezas, honra y vida son la remuneración de la humildad y del temor de Yahvé”

Si bien es cierto, las raíces más profundas del cristianismo como pueblo de Dios están en el Antiguo Testamento, los cristianos no somos mosaicos (seguidores de Moisés), ni seguimos a ningún profeta, tampoco a  ningún escritor de la antigua alianza, somos discípulos de Cristo, herederos de la Nueva Alianza, del Evangelio, las buenas noticias de salvación que Jesús nos ha dado a conocer en fiel cumplimiento de la voluntad del Padre.

La Palabra de Jesús, sus hechos, sus gestos, las muestras de la misericordia del Padre en su persona predicando, sanando, resucitando son y han de ser siempre la regla de vida de todo cristiano auténtico.
Las riquezas que nos ofrece Jesús son otras, no materiales, son la bondad, la solidaridad, la misericordia, el amor especialmente a los que más sufren, la paz y la justicia. Jesús nunca se mostró como un hombre rico según las riquezas de este mundo, algo que entendió muy bien uno de sus más connotados discípulos, san Pablo, cuando exhorta: “Busquen los bienes de allá arriba…” (Col 3,1-4)
Jesús nunca dijo a sus discípulos que iba a dejarles unos días porque iba atender sus haciendas, rebaños, casas y otras propiedades, al contrario, reafirmando que sus riquezas eran otras, dijo en una ocasión: “Las zorras tienen madrigueras y las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la cabeza” (Mateo 8,20).

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