lunes, 18 de junio de 2012

RETORNANDO A LAS SAGRADAS ESCRITURAS -VII-

COMO IDENTIFICAR LOS ERRORES MÁS COMUNES, IMPARTIENDO PRECISIONES BÍBLICAS

Marcos Andrés Nehoda,  pastor. Iglesia Cristiana Evangélica, Buenos Aires, Argentina
  • 17.Ofrendas y Diezmos
  • 18.Unción con aceite e Imposición de manos
  • 19.Unidad de la Iglesia
  • Epílogo
17.OFRENDAS Y DIEZMOS.

 Las ofrendas y diezmos son voluntarios; no se habla de ‘diezmos’ en el Nuevo Testamento, pero es seguro que los creyentes judíos mesiánicos continuaban dando sus diezmos, aparte de sus ofrendas. No parece que los gentiles convertidos también lo hicieran. De todos modos, no es algo malo practicarlo, ya que es una forma ordenada y clara de administrar el dinero para el Señor. No es obligación; pero, si uno se compromete, debe cumplir con lo que promete; todavía más, si hay una familia pastoral o misionera que depende de nuestros aportes. Pero nada dicen Las Escrituras en el NT acerca de que sea algo obligatorio; al contrario, dice: “Cada uno dé como propuso en su corazón: no con tristeza, ni por necesidad, porque Dios ama al dador alegre. Y poderoso es Dios para hacer que abunde en vosotros toda gracia, a fin de que, teniendo siempre en todas las cosas todo lo suficiente, abundéis para toda buena obra; como está escrito: Repartió, dio a los pobres; su justicia permanece para siempre. Y el que da semilla al que siembra, y pan al que come, proveerá y multiplicará vuestra sementera, y aumentará los frutos de vuestra justicia, para que estéis enriquecidos en todo para toda liberalidad, la cual produce por medio de nosotros acción de gracias a Dios. Porque la ministración de este servicio no solamente suple lo que a los santos falta, sino que también abunda en muchas acciones de gracias a Dios; pues por la experiencia de esta ministración glorifican a Dios por la obediencia que profesáis al Evangelio de Cristo, y por la liberalidad de vuestra contribución para ellos y para todos”. (2º Corintios 9.7‐13).


18. UNCIÓN CON ACEITE E IMPOSICIÓN DE MANOS. 

Si el hermano o la hermana en Cristo están enfermos, dice La Escritura: “Llame a los ancianos” o personas con responsabilidad en la iglesia. (Santiago 5.14). No se ofrece el ungimiento con aceite; se enseña sobre él y la persona enferma lo pide. No se unge para el servicio, para liberación o para obtener alguna especial bendición; se unge por motivo de una enfermedad y en clara obediencia a Las Escrituras, haciendo caso omiso de aquellos que pretenden enseñar que ésta es una práctica puramente ‘judío mesiánica’. Pudiera ser que, como consecuencia de la desobediencia o pecado, el hermano o la hermana hayan caído enfermos. En este caso, sabemos que los hermanos experimentados sabrán indagar con tacto y prudencia; y si el corazón queda convicto de pecado y hay confesión plena, el Señor perdonará sus pecados y habrá sanidad. Dios quiere la plena restauración del hermano o de la hermana que hayan cometido algún pecado. “La imposición de manos del presbiterio” (1º Timoteo 4.14) o “la imposición de mis manos” (2º Timoteo 1.6), explica y también exhorta Pablo al joven Timoteo. En Hechos 13.3 nuevamente es la venia, el apoyo, la confirmación, el aval o el envío con plena aprobación de la iglesia, realizado por los responsables de la asamblea local. También dice: “Sobre los enfermos impondrán las manos y tendrán bien” [o, ‘se pondrán bien’]. (Marcos 16.18 – literal). Aprovechamos la ocasión para exhortar firmemente a quienes pretenden realizar la imposición de manos ‘precisamente’ en donde está la dolencia; nada de esto enseña La Palabra de Dios; con imponer la mano o las manos sobre la cabeza o sobre los hombros del varón o de la mujer, es suficiente.

19. UNIDAD DE LA IGLESIA. 

Mateo 10.34-39: “No penséis que he venido para traer paz a la tierra; no he venido para traer paz, sino espada. Porque he venido para poner en disensión al hombre contra su padre, a la hija contra su madre, y a la nuera contra su suegra; y los enemigos del hombre serán los de su casa. El que ama a padre o madre más que a Mí, no es digno de Mí; el que ama a hijo o hija más que a Mí, no es digno de Mí; y el que no toma su cruz y sigue en pos de Mí, no es digno de Mí. El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de Mí, la hallará”.

Lucas 12.49‐53: “Fuego vine a echar en la tierra; ¿y qué quiero, si ya se ha encendido? De un bautismo tengo que ser bautizado; y ¡cómo me angustio hasta que se cumpla! ¿Pensáis que he venido para dar paz en la tierra? Os digo. No, sino disensión. Porque de aquí en adelante, cinco en una familia estarán divididos, tres contra dos, y dos contra tres. Estará dividido el padre contra el hijo, y el hijo contra el padre; la madre contra la hija, y la hija contra la madre; la suegra contra su nuera, y la nuera contra su suegra”. Lucas 14.26‐27: “Si alguno viene a Mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. Y el que no lleva su cruz y viene en pos de Mí, no puede ser mi discípulo”. ¿Cómo explicar esto, con claridad? ¿Cómo explicar que, por un lado, el Señor Jesús es el gran Unidor y, por el otro, el gran Separador? Lo voy a explicar así: Dios quiere que la familia esté unida, ¿verdad? Ahora bien, ¿qué sucede si en una familia unida el padre trae a una amante, y pretende que todos continúen unidos, ‘por amor a la familia’? ¿Puede ser posible tal unión? ¿Verdad es que no? ¿De quién es la culpa por la falta de unión? ¿Es culpa de la familia o es culpa de uno de sus integrantes, que pretende incluir dentro de la unión de la familia un elemento extraño a la misma? Dios quiere que la iglesia del Señor esté unida, ¿verdad? Ahora bien, ¿qué sucede si en una iglesia unida el pastor trae una doctrina falsa, y pretende que todos los miembros continúen unidos, ‘por amor a la iglesia’? ¿Puede ser posible tal unión? ¿Verdad es que no? ¿De quién es la culpa por la falta de unión? ¿Es culpa de la iglesia o es culpa de uno de sus integrantes, que pretende incluir dentro de la unión de la iglesia un elemento extraño a la misma? Repito: Dios quiere que las familias y que las iglesias locales del Señor en todo el mundo estén unidas; pero Jesucristo reclama EXCLUSIVIDAD; nada que sea extraño a la comunión con Él será aceptada por Su Persona; no se puede servir a dos señores, no se puede servir a dos intereses, no se puede servir al Señor y al diablo, no se puede sostener la Saludable Enseñanza y, al mismo tiempo, mezclarla con la falsa doctrina. ¿De quién es la culpa por la falta de unión? ¿Es culpa de los cristianos ‘cerrados’, ‘arcaicos’, ‘anticuados’, ’desactualizados’, ‘fundamentalistas’, ‘atrasados’ y ‘legalistas’? ¿O es culpa del pastor, del cristiano que pretende incluir dentro de la unión santa de la iglesia del Señor un elemento, una doctrina, una enseñanza AJENA y EXTRAÑA a la misma? ¿Podemos cerrar los ojos, acaso, y proclamar comunión y unanimidad, ignorando voluntariamente la herejía, haciendo oídos sordos a lo que dice La Palabra de Dios? ¿Qué va en primer lugar, la unión o la fidelidad? ¡Pregunto! ¿Dónde está la respuesta? Pues, la respuesta la da el mismo Hijo de Dios, el Señor Jesucristo, en Mateo 10.34‐39, en Lucas 12.49‐53 y en Lucas 14.26‐27. ¡Primero es la Fidelidad al Señor! ¡Primero es la fidelidad entre los cónyuges en el hogar! ¡Primero es la Fidelidad al Señor, a Su Palabra y a la Saludable Enseñanza! Y si por ser fieles en primer lugar al Señor, a Su Palabra y Enseñanza tenemos que estar divididos en la comunión con las iglesias locales, ¡lo sentimos muchísimo, pero PRIMERO es la Fidelidad al Señor!

C. EPÍLOGO:

 La Exclusividad de Jehová  Jesús. Van pasando los años y, a medida que avanzamos, descubro que se está olvidando o se está dejando de considerar que Jehová es Jesús. Muchos relacionan a Jehová con el Padre tal cual hacen los Testigos de Jehová. Otros evitan relacionar a Jehová con Jesús, ya que sienten repulsión por las innumerables muertes que Dios ordenó en la época del Viejo Pacto, relatado en las páginas del Antiguo Testamento.

Últimamente encontramos una tendencia a creer que lo que está contenido en el Antiguo Testamento es la religión de los judíos; en donde ellos, por su racismo y notoria discriminación hacia todo lo gentil, desarrollaron la creencia en un Dios cruel y vengativo. Olvidan estos nuevos ‘intérpretes’ de La Biblia, que “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”. (2º Timoteo 3.16). Y les guste o no, les caiga en gracia o les desagrade, el Dios del Nuevo Testamento es exactamente el mismísimo Dios del Antiguo  Testamento.

El mismo Jesucristo que hoy se presenta como tierno Salvador será mañana el Juez de vivos y muertos: “Y nos mandó que predicásemos al pueblo, y testificásemos que Él es el que Dios ha puesto por Juez de vivos y muertos. De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en Él creyeren, recibirán perdón de pecados por Su Nombre”. (Hechos 10.42‐43). “Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan; por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel Varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos”. (Hechos 17.30‐31).

En cuanto a que Jesucristo es el mismo Jehová del Antiguo Testamento, leemos: “Vosotros sois mis testigos, dice Jehová, y mi siervo que yo escogí, para que me conozcáis y creáis, y entendáis que Yo mismo soy; antes de mí no fue formado dios, ni lo será después de mí. Yo, yo Jehová, y fuera de mí no hay quien salve”. (Isaías 43.10‐11). Esto lo comparamos en el Nuevo Testamento con: “Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser Cabeza del ángulo. Y en ningún otro hay Salvación; porque no hay otro Nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos”.

La Carta a Tito nos provee un material precioso para nuestro Epílogo: Tito 1.3: “Dios Nuestro Salvador”; Tito 2.10: “Dios Nuestro Salvador”; Tito 3.4: “Dios Nuestro Salvador”; Tito 1.4: “Señor Jesucristo Nuestro Salvador”; Tito 2.13: “Salvador Jesucristo”; Tito 3.6: “Jesucristo Nuestro Salvador”. Si en el pasaje de Isaías leemos que Jehová es el único Dios, que Jehová es el único Salvador; y en Tito leemos que nuestro Salvador es Dios y que Jesucristo es nuestro Salvador, corroborado todo esto con lo que se declara en el libro de los Hechos de los Apóstoles, que sólo en Jesucristo hay Salvación y que es el único Nombre dado a los hombres, en que podamos ser salvos; entonces no queda más que reconocer que Jehová es Jesús y Jesús es Dios.

mnehoda@yahoo.com.ar

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