domingo, 17 de junio de 2012

RETORNANDO A LAS SAGRADAS ESCRITURAS -V-

COMO IDENTIFICAR LOS ERRORES MÁS COMUNES, IMPARTIENDO PRECISIONES BÍBLICAS
 
Marcos Andrés Nehoda,  pastor. Iglesia Cristiana Evangélica, Buenos Aires, Argentina
  • 11.Perseverancia Final
  • 12.Prosperidad y Salud
  • 13.Salvación Eterna y Condenación
11. PERSEVERANCIA FINAL.

 Hay un error común que se ha dado en todas las épocas del cristianismo, por el cual se piensa que una persona podría perder su Salvación. Muchos se basan en este texto bíblico: “Mas el que persevere hasta el fin, este será salvo”. (Mateo 24.14). Hay otros dos textos bíblicos similares: Mateo 10.22 y Marcos 13.13. Pero es nuestro deber examinar los textos citados a la luz del resto de Las Escrituras, para entender su verdadero significado. Dice en 2º Juan 1.9: “Cualquiera que se extravía, y no persevera en la doctrina de Cristo, no tiene a Dios; el que persevera en la doctrina de Cristo, ése sí tiene al Padre y al Hijo”. El que persevera hasta el final demuestra que es salvo y que, por lo tanto, tiene al Padre y al Hijo. Si no persevera demuestra que, definitivamente, nunca ha tenido al Señor en su vida; nunca ha sido verdaderamente salvo; probablemente, ha sido un religioso más. En Hebreos 6.4‐6 dice que es imposible que los que una vez fueron iluminados y recayeron sean otra vez renovados para arrepentimiento. Y describe cómo es ese corazón en los versículos 7 al 8: una tierra que produce espinos y abrojos, una tierra reprobada, cuyo fin es el ser quemada en el infierno. Que no se refiere a los verdaderos convertidos lo comprobamos en los siguientes cuatro versículos 9 al 12: “Pero en cuanto a vosotros, oh amados, estamos persuadidos de cosas mejores, y que pertenecen a la Salvación, aunque hablamos así”. Prestemos atención que, no dice que una vez fueron convertidos a Cristo, sino simplemente, ‘iluminados’. El hecho de que una persona cambie y deje de ser borracha no es prueba de su conversión; muchos hay que acuden a Alcohólicos Anónimos y abandonan la bebida; pero no se rinden a los pies de Jesucristo.
Podríamos aprender de memoria la siguiente frase: Si afirmamos haber sido salvados del fango del pecado, el hecho de permanecer allí, demuestra que aún no lo hemos sido.

12.PROSPERIDAD Y SALUD.

 ¡Cómo quisiéramos todos nosotros poder ser prósperos, con suficiente dinero y llenos de salud! Este es un anhelo legítimo. Solamente que Las Escrituras no prometen ni aseguran que, por el hecho de entregar nuestras vidas al Señor, tengamos asegurado el goce de ambas cosas. Y aunque torciéramos los pasajes bíblicos para que digan o expresen lo que nosotros queramos, la realidad misma golpea nuestros rostros con fuerza: no todos los cristianos son  prósperos, ni todos gozan de perfecta salud. Incluso aquellos que por años han predicado ambas cosas como pretensión legítima para todo creyente, han fallecido pobres y enfermos. Sus propios esposos o esposas han fallecido de las más crueles enfermedades. Es evidente que hay un error en la interpretación de aquellos pasajes bíblicos que parecieran asegurar la Prosperidad y la Salud a todos los creyentes en Cristo Jesús. En el Antiguo Testamento: Génesis 39.3: “… todo lo que él hacía, Jehová lo hacía prosperar en su mano”. Tengamos en cuenta que José era un esclavo; Dios bendecía su trabajo, para prosperidad de su amo. Del mismo modo debemos entender el versículo 23 del mismo capítulo. Salmos 1.3: “… y todo lo que hace prosperará”. Todo lo que hace contará con la bendición, con el parabién del Señor.

 Aquí no está hablando de riquezas materiales; ciertamente, una persona sencilla que tiene un buen hogar, un cónyuge amoroso, hijos obedientes, y que recibe el sustento necesario para su casa, es una persona próspera. En el Salmo 128.2 y en Isaías 3.10 encontramos la misma idea: al piadoso y al justo le irá bien. Malaquías 3.10: “… os abriré las ventanas de los cielos, y derramaré bendición hasta que sobreabunde”. Nuevamente encontramos el bien espiritual por sobre el materialismo humano; el creyente que da liberalmente para el Señor y Su Obra gozará de la bendición del Señor. Tengamos en cuenta que la prosperidad no es signo de la aprobación del Señor sobre la vida de una persona; ya que también los malos prosperan: “… No te alteres con motivo del que prospera en su camino, por el hombre que hace maldades”. (Salmos 37.7). En el Nuevo Testamento: “”… yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma. No podemos negar que la verdadera prosperidad es la que está en consonancia y equilibrio con la vida espiritual. “Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y perdición; porque raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual codiciando algunos, se extraviaron de la fe, y fueron traspasados de muchos dolores“. (1º Timoteo 6.9). Si uno quiere ser verdaderamente próspero según el criterio divino, debe renunciar a su propósito de enriquecerse. “Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto”. (1º Timoteo 6.8).

Algunos opinan que un verdadero cristiano, lavado por la Sangre de Jesucristo nunca puede estar enfermo, dado que “Ciertamente llevó Él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. Más Él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre Él, y por su llaga fuimos nosotros curados“. (Isaías 53.4‐5). Y pareciera confirmar esto el pasaje bíblico registrado en Mateo 8.16‐17: “Y cuando llegó la noche, trajeron a Él muchos endemoniados; y con la palabra echó fuera a los demonios, y sanó a todos los enfermos; para que se cumpliese lo dicho por el profeta Isaías, cuando dijo: Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias”. Ciertamente, en la Persona de Nuestro Señor se cumplió literalmente esta profecía, que tiene dos aspectos proféticos: el que tiene que ver con lo físico y el que tiene que ver con lo espiritual. 

No hay dudas que la enfermedad espiritual afecta muchas veces al cuerpo físico; y que, cuando el problema espiritual es solucionado, muchas veces las personas experimentan una sanidad física. Sin embargo, tenemos al apóstol Pablo, que decía: “Mirad con cuán grandes letras os escribo de mi propia mano”. (Gálatas 6.11). Qué pena que un hombre de fe como Pablo, que estuvo en el tercer Cielo no conservara su buena vista como Moisés. (Deuteronomio 34.7). Incluso, Pablo tuvo un aguijón en la carne; es decir, en su cuerpo físico; por lo cual le rogó al Señor tres veces: “… me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres veces he rogado al Señor, que lo quite de mí. Y me ha dicho: Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo“. (2º Corintios 12.7‐9). Incluso, cuando escribe su segunda Epístola a Timoteo, dice: “… a Trófimo dejé en Mileto, enfermo”. (2º Timoteo 4.20). Es interesante leer el consejo que le da a Timoteo: “Ya no bebas agua, sino usa de un poco de vino por causa de tu estómago y de tus frecuentes enfermedades“. (1º Timoteo 5.23). Entonces, no hay tal cosa como ‘promesa de salud perfecta para todos los cristianos’. Dios puede realizar milagros de sanidad cuándo y cómo Él quiera; y ciertamente, nuestra falta de fe, nuestra mundanalidad y poca consagración al Señor, más allá de nuestros preconceptos y prejuicios, hacen que muchas veces limitemos en nuestra mente y corazón a nuestro amado Señor. Debiéramos orar por todos los enfermos, sin esperar quedar bien delante de la gente y de los que nos observan, que pudieran juzgar nuestra poca fe. Debemos orar como nos enseñó a orar nuestro Señor: Hágase tu Voluntad, como en el Cielo, así también en la tierra”. (Mateo 6.10). “En lugar de lo cual deberíais decir: Si el Señor quiere…”. (Santiago 4.15).

13. SALVACIÓN ETERNA Y CONDENACIÓN.

Hay un concepto que se está esparciendo por el mundo evangélico, el cual hace hincapié en los beneficios aquí y ahora, menospreciando los beneficios eternos de la Obra que Jesucristo realizó en la Cruz del Calvario en forma completa y perfecta. Tal es así, que un creyente escribe: “La Iglesia se ha preocupado con la pregunta, ‘¿Qué pasa con el alma después de la muerte?’. ¡Como si la razón de la venida de Jesús se resumiera así, que ‘Jesús busca llevar más almas al Cielo, para que ellos no vayan al Infierno después que mueran!’. Yo sí creo que una lectura clara de los Evangelios descarta esta posibilidad”.  “Yo no creo que el Mensaje completo y la vida de Jesús pueden resumirse con esta conclusión”. (Brian McLaren cited on PBS Special on the Emerging Church (Religion and Ethics Weekly, 15 de Julio de 2005). No podemos menos que horrorizarnos ante estas palabras.

Jesucristo dice: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna. Porque no envió Dios a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él. El que en él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el Nombre del Unigénito Hijo de Dios”. (Juan 3.16‐18). Precisamente, el nudo del Evangelio es Salvación Eterna o  Condenación Eterna; no hay claroscuros en la proclama evangélica. Tiene que ser una Salvación Eterna porque “Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de conmiseración [compasión] de todos los hombres“. (1º Corintios 15.19).

Dios dice claramente en Su Palabra que, si no hay arrepentimiento verdadero, no hay perdón; y éste, únicamente sobre la base del Sacrificio Perfecto de Jesucristo en la Cruz. Así de simple. Dios no hará ninguna excepción: ni uno solo entrará en el Cielo sin estar arrepentido de veras y sin haber pasado por la Cruz. El arrepentimiento verdadero conlleva un cambio de vida; si no hay cambio de vida, no hay verdadero arrepentimiento. Así como se niega el carácter eterno o trascendente del Evangelio del Reino de Dios, así también se procura minimizar el aspecto tan claramente expuesto en La Palabra de Dios sobre la Condenación Eterna.
En un reportaje televisivo realizado en vivo por Larry King a Joel Osteen, se desarrolló la siguiente conversación:

King: ¿Qué si tu eres judío o musulmán, y no aceptas a Jesucristo del todo?
Osteen:”Tú sabes, yo tengo mucho cuidado en decir quién puede o quién no puede ir al Cielo. Yo no sé…”
King: Si tú crees que tienes que creer en Cristo, ¿Ellos están equivocados, no es cierto?
Osteen: “Bueno, yo no sé si creo que ellos están equivocados. Yo creo que aquí está lo que la Biblia enseña y esto es lo que creo acerca de la fe cristiana”.

 Dice La Palabra de Dios en Mateo 25.46: “E irán éstos al Castigo Eterno, y los justos a la Vida Eterna”. Nuevamente, en otra parte del reportaje:
King: ¿Qué acerca de un ateo?

Osteen: “Sabes qué, yo voy a dejar que alguien… yo voy a dejar que Dios sea el Juez en cuanto a quién va al Cielo o al Infierno. Yo sólo nuevamente presento la verdad, y yo lo digo cada semana. Tú sabes, yo creo que es una relación con Jesús. ¿Pero sabes qué? Yo no voy a andar por todos
lados diciendo a todos los demás, si ellos no quieren creer eso, qué es lo que será su decisión. Dios tiene que ver tu propio corazón, y sólo Dios sabe eso”. 

La Palabra de Dios ya se ha expedido sobre este tema: “El que en Él cree, no es condenado; pero el que no cree, ya ha sido condenado, porque no ha creído en el Nombre del Unigénito Hijo de Dios“. (Juan 3.18). La Condenación Eterna no es un estado de destrucción del alma y del espíritu en el Lago de Fuego, en donde ya no sufren porque han dejado de existir. La Santa Biblia dice claramente: “Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el Lago de Fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos… y el que no se halló inscrito en el Libro de la Vida fue lanzado al Lago de Fuego”.(Apocalipsis 20.10, 15).

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