martes, 12 de junio de 2012

Estudio: RETORNANDO A LAS SAGRADAS ESCRITURAS -I-

Es hora que la Iglesia regrese a las sendas antiguas de la sana doctrina, la cruz del calvario y predicar el evangelio de Jesucristo.

COMO IDENTIFICAR LOS ERRORES MÁS COMUNES, IMPARTIENDO PRECISIONES BÍBLICAS
 
Marcos Andrés Nehoda,  pastor. Iglesia Cristiana Evangélica, Buenos Aires, Argentina
  • A. Prólogo: Inerrancia verbal y plenaria de La Palabra de Dios, la Santa
  • Biblia.
  • B. Temario:
  • 1. Viejo Pacto ‐ Nuevo Pacto
  • 2. Ayuno y Penitencia
A. Prólogo: Inerrancia verbal y plenaria de La Palabra de Dios, la Santa Biblia. Por inerrancia se entiende que los sesenta y seis libros inspirados divinamente ‐que componen el Canon bíblico‐ no contienen errores históricos, geográficos, orográficos, hidrográficos, matemáticos, gramaticales, conceptuales, doctrinales, ni ningún otro error, en sus escritos autógrafos. Por verbal se entiende que no solamente los conceptos o ideas, sino también las palabras mismas contenidas en Las Sagradas Escrituras son todas ellas inspiradas por Dios. Por plenaria se entiende que no solamente una parte o partes de ella, sino la totalidad de los sesenta y seis libros que componen el Canon bíblico son inspirados divinamente



B. Temario:

1. VIEJO PACTO NUEVO PACTO.
Debemos distinguir entre Antiguo Testamento‐ Nuevo Testamento y Viejo Pacto‐ Nuevo Pacto. El Antiguo Testamento es aquella parte de Las Escrituras (39 libros) que describe mayormente el significado y los postulados del Viejo Pacto. El Nuevo Testamento es aquella parte de La Sagrada Escritura (27 libros) que desarrolla y explica mayormente el significado y los postulados del Nuevo Pacto. El Viejo Pacto ya no rige más; pero todo el Antiguo Testamento (al igual que todo el Nuevo Testamento) es inspirado por Dios, es Palabra de Dios, y es “útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2º Timoteo 3.16).
No podemos ni debemos desechar el Antiguo Testamento, porque éste contiene mayormente los postulados del Viejo Pacto. Utilizamos la expresión ‘mayormente’ en ambos Testamentos, porque los dos comentan y analizan ambos Pactos, aunque  mayormente se abocan a desarrollar el Pacto que les compete. Sin embargo, una vez entendido esto, debemos entender lo siguiente: si La Escritura dice Viejo Pacto, “lo que se da por viejo y se envejece, está próximo a desaparecer”. (Hebreos 8.13b). Y también, “Al decir: Nuevo pacto, ha dado por viejo al primero”. (Hebreos 8.13ª). Algunos creen que el Nuevo Pacto es un desarrollo mayor del Viejo Pacto, al cual se le han quitado algunas exigencias y reemplazado por otras más atractivas, más actuales, más dinámicas. También suponen que el Viejo Pacto adolecía de muchos defectos y luego fue reemplazado por un Nuevo Pacto perfeccionado. Nada más lejos de la verdad: ambos Pactos son perfectos; nosotros somos los imperfectos y pecadores, que no hemos podido cumplir la Ley del Viejo Pacto (Juan 7.19). Por eso es que Jesucristo vino a esta tierra no solamente para morir en la Cruz del Calvario sino, primeramente, para cumplir la Ley del Viejo Pacto, satisfaciendo las exigencias de un Dios Santo y Justo. Seguidamente, Aquel que en todo cumplió la Ley y que nunca pecó, murió por aquellos, en lugar de aquellos, a favor de aquellos ‐nosotros‐ que nunca hemos podido cumplir las exigencias justas de un Dios santo. Él pagó la enorme deuda que teníamos  para con Dios Padre. Así que, ahora, Dios está satisfecho; Su Ley ha sido cumplida, ahora hay un Nuevo Pacto. El primero estaba escrito en tablas de piedra; el Nuevo Pacto está escrito en nuestro corazón, el cual  primeramente ha sido transformado para recibir la Gracia de Dios por el conocimiento del Evangelio del Reino de Dios. (Jeremías 31.31).
Tengamos en cuenta que tanto el Viejo Pacto como también el Nuevo Pacto fueron dados originalmente para la casa de Israel y para la casa de Judá. Gracias a que ellos rechazaron al Mesías Jesús, nosotros hemos sido favorecidos con la Bendición del Evangelio, e injertados en el buen olivo de Israel. (Romanos 11.11‐24). Nosotros éramos un simple olivo silvestre; así que, nos hemos humillado al ser injertados en el buen olivo; a su vez, los judíos que han creído y confiado en el Mesías Jesús se han humillado, al compartir la Bendición del Evangelio con nosotros. ”Porque Dios sujetó a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos. ¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!” (Romanos 11.32‐33). La diferencia entre Viejo Pacto y Nuevo Pacto es casi la misma que hay entre el viejo freno de mano y el nuevo servo freno.
2. AYUNO Y PENITENCIA.
La primera vez que encontramos la expresión Ayuno es en Jueces 20.26: “Entonces subieron todos los hijos de Israel, y todo el pueblo, y vinieron a la casa de Dios; y lloraron, y se sentaron allí en presencia de Jehová, y ayunaron aquel día hasta la noche; y ofrecieron holocaustos y ofrendas de paz delante de Jehová”. Siempre está asociado con la tristeza, nunca con la alegría. Ayuno es la abstención completa de alimentos dentro de un período determinado o  hasta obtener respuesta del Señor. Es dedicarse de lleno a la oración y a inquirir en la presencia de Dios, muchas veces relacionado con pecados propios o ajenos. Es humillarse delante de la presencia del Señor. En el Antiguo Testamento casi todas las veces que se realiza ayuno es debido a pecados propios o ajenos. (Como en Daniel 9.2‐6 y en Jonás 3.4‐10). Es en el Nuevo Testamento donde el concepto cambia para significar la búsqueda de la Voluntad de Dios, inquirir en Su presencia y buscar Su dirección. (Ver Hechos 13.2‐3). El ayuno es un recurso práctico para dedicarse específicamente a la oración y buscar la Voluntad de Dios, estando en profunda comunión con el Padre. (Mateo 4.2). El ayuno no se realiza para obtener lo que queremos ni para hacer méritos o sacrificios que ablanden o tuerzan las decisiones de la soberana Voluntad de Dios (Lucas 18.11‐12, Mateo 6.16‐18). Las últimas veces que encontramos esta expresión en La Biblia es en 2º Corintios 6.5 y 11.27, en donde Pablo pareciera relacionar el ayuno con las necesidades que había padecido en sus numerosos viajes misioneros. No es lo mismo ayunar sabiendo que tenemos a mano una cantidad de alimentos, que ayunar sabiendo que tenemos escasez de los mismos. Penitencia es una expresión no bíblica; es decir, no la hallamos en La Escritura; pero la mencionamos, porque es una expresión común utilizada en la iglesia católica, de la cual la mayoría de nosotros provenimos; y muchas veces ‘arrastramos’ términos y prácticas que creemos son bíblicos, pero solamente provienen de tradiciones y religiones que se han apartado de la Saludable Enseñanza escritural. Según la Real Academia Española: “Penitencia. (Del lat. paenitentĭa). f.
1. Dolor y arrepentimiento que se tiene de una mala acción, o sentimiento de haber ejecutado algo que no se quisiera haber hecho.
2. Sacramento en el cual, por la absolución del sacerdote, se perdonan los pecados cometidos después del bautismo a quien los confiesa con el dolor, propósito de la enmienda y demás circunstancias debidas.
3. Virtud que consiste en el dolor de haber pecado y el propósito de no pecar más.
4. Serie de ejercicios penosos con que alguien procura la mortificación de sus pasiones y sentidos.
 5. Acto de mortificación interior o exterior. 6. Pena que impone el confesor al penitente para satisfacción del pecado o para preservación de él”. ¡Qué maravilloso es saber que, si confesamos nuestros pecados a Dios, Él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados y limpiarnos de toda maldad! (1º Juan 1.9).
 

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