jueves, 8 de diciembre de 2011

¿Pastor o empresario?

Quiero comentar la diferencia entre un pastor o sacerdote de una iglesia, y un empresario o político. Para ello debemos definir que es el ser llamado para el servicio del reino de Dios, y como los líderes de la iglesia deben comportarse respecto a los negocios de este siglo.


El ministro del evangelio es una persona llamada y separada por Dios para ser servidor de la asamblea de los santos que es la iglesia. Es de forma categórica un esclavo de Dios al servicio de los necesitados, con un llamamiento irrevocable e incondicional (Romanos 11:29). San Pablo establece que aquellos que son ministros o siervos de Dios no deben inmiscuirse en los negocios de este siglo: “Ninguno que milita se enreda en los negocios de la vida, a fin de agradar a aquel que lo tomó por soldado” (2 Timoteo 2:4). Este texto demuestra que es incompatible ser pastor o ministro del evangelio, y a la vez convertirme en empresario, político o usar la iglesia como plataforma para enriquecerme, convirtiendo la obra de Dios en una empresa mercantil.

Tristemente estamos viendo como muchos pastores, tomando el poder económico de su iglesia, crean negocios, emprenden inversiones y convierten la visión bíblica en una empresa lucrativa, convirtiendo en magnates del reino y no en siervos. Algunos juegan en los dos bandos, sirven a Dios en las noches, y hacen negocios en el día, y lo peor, mezclan el mensaje espiritual con el materialismo y la política existentes. Estos malos obreros, han ignorado las palabras del Divino Maestro cuando les enseñó a sus discípulos que: “Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o estimará al uno y menospreciará al otro. No podéis servir a Dios y a las riquezas” (Mateo 6:24). Ignoran que “la amistad con el mundo es enemistad con Dios” (Santiago 4:4). El hecho de que un ministros del evangelio, sea pastor o sacerdote, se inmiscuya en los negocios del mundo, lo descalifica para presentarse como un verdadero siervo de Jesucristo, porque tristemente, su alianza con el mundo, lo convierte en un enemigo de Dios.

¿Y qué decir de los pastores que convierten la iglesia en una empresa? Hay algunos llamados “apóstoles modernos” que se han hecho magnates y empresarios con las ofrendas de la iglesia. Edifican un imperio propio, a su nombre, y manejan los fondos como si la congregación fuera un negocio, y los diezmos y ofrendas una inversión que muchas veces manipulan para vivir ostentosamente, sin pagar impuestos al Estado y sin ayudar al necesitado como enseña la Biblia. Estos falsos ministros compran propiedades a nombre suyo o de su familia, adquieren medios de comunicación, construyen colegios, montan eventos costosos, y todo esto se maneja de forma personal, secreta, sin beneficiar a la congregación y a los necesitados de su entorno. Se hacen ricos y prósperos como dice el profeta Jeremías: “Como jaula llena de pájaros, así están sus casas llenas de engaño; así se hicieron grandes y ricos. Se engordaron y se pusieron lustrosos, y sobrepasaron los hechos del malo; no juzgaron la causa, la causa del huérfano; con todo, se hicieron prósperos, y la causa de los pobres no juzgaron” (Jeremías 5:27-28). ¿Cómo evitar a los servidores del evangelio que se hagan empresarios?

Es bueno aclarar que hay empresarios que al convertirse se vuelve ministros. Estos están exentos de este enfoque, porque los bienes que tienen son producto de su trabajo, y más bien tales ministros son dignos de doble honor (2 Tesalonicenses 3:12, 2 Corintios 12:14) porque muchos de ellos usan su recurso para bendecir el reino y no son gravosos a la iglesia, pues viven de su trabajo y no de la iglesia. Pero aquellos que toman el evangelio para “hacerse ricos” debemos señalarlos y analizar sus vidas, y huir de ellos rápidamente “porque tales personas no sirven a nuestro Señor Jesucristo, sino a sus propios vientres, y con suaves palabras y lisonjas engañan los corazones de los ingenuos” (Romanos 16:18).

¿Y cómo saber quiénes son estos falsos ministros que actúan como empresarios? He aquí algunos consejos para identificarlos:

1- Investigue si estando en el ministerio estableció negocios seculares y de dónde obtuvo los fondos.

2- Pida cuentas de las finanzas de la iglesia, investigue si los bienes adquiridos para la iglesia están a su nombre o al de la obra.

3- Sepa cuánto gana su pastor, y analice la realidad del entorno en donde vive y juzgue su conducta moral y material.

4- Si se inicia un proyecto en la iglesia, sea social o de comunicación o educativo, investigue a nombre de quién está, y analice como se manejan los fondos de ese proyecto.

En conclusión, la transparencia debe abarcar no solo a los servidores públicos, sino también, y con mucha más razón, a los ministros del evangelio y a sus iglesias. Porque “si andamos en luz, no tenemos que temer”.

Email: mariofumero@hotmail.com

Web www.contralaapostasia.com

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